
En nuestras anteriores entradas hemos hecho especial mención a la importancia del lenguaje y en la forma de usarlo para la comunicación humana, siendo este el principal medio para la socialización. El lenguaje nos permite expresar sentimientos, deseos o pensamientos, a la vez que nos ayuda a comprender los propósitos y mensajes de los demás.
Para que la comunicación sea adecuada y respetuosa, es tan importante que el emisor del mensaje sea capaz de expresarlo de manera asertiva como que el receptor esté presente en ese diálogo, prestando atención. Ser un buen conversador no solo implica saber hablar, sino también saber escuchar, y a esta forma de interactuar la denominamos escucha activa.
Escuchar activamente no significa solo dejar hablar al interlocutor sin interrumpir, sino que requiere atención tanto física como psicológica y verbal. Una buena escucha activa implica prestar atención de manera intencionada, mostrando comprensión y generando empatía.

¿Cómo llevar a cabo una buena escucha activa?
- Presta toda tu atención a la persona que habla, demostrando interés: mírala a los ojos y asiente con gestos o palabras.
- Repite los puntos clave de lo que te cuenta para demostrar que estás comprendiendo.
- No interrumpas, salvo para pedir aclaraciones o mostrar que estás prestando atención.
Existen factores que pueden interferir en nuestra capacidad de escucha, como los hábitos no verbales (desviar la mirada, tener una postura incorrecta) o actitudes como dar consejos no solicitados o emitir juicios. Para evitarlo, es fundamental ser conscientes de nuestros gestos y comportamientos durante la conversación.
Escucha Activa en el Entorno Familiar
En el contexto familiar, la escucha activa implica escuchar atentamente a los niños. Para hacerlo, es útil colocarse a su altura, establecer contacto visual y mostrar que lo que nos cuentan es importante. De este modo, ayudamos a los niños a sentirse reconocidos y a fortalecer su desarrollo emocional y social.
La escucha activa no solo mejora la comunicación, sino que también valida emocionalmente a los niños, fomentando la empatía y fortaleciendo el vínculo afectivo entre padres e hijos. Esta práctica permite que los pequeños se conozcan mejor a sí mismos y se sientan comprendidos en un entorno seguro y respetuoso.
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